Tú eras el primero en saludarme por la mañanas, mi pequeño amigo. Siempre dispuesto, al más breve sonido, al menor indicio de que alguien se acercaba, brincabas y hacías cabriolas en tu jaula. Era imposible no sonreír al verte, mirando con esos ojillos siempre brillantes, con tus pequeñas patitas delanteras en el aire, o mirando atento desde encima de tu casita, como un Snoopy minúsculo.
Era tu momento del día. Nuestros minutos de intimidad, siempre acompañados de una sonrisa mía, y seguramente de la tuya también, porque eras tan feliz...
Te sacaba a tu lugar favorito, esa terraza desde la que veías el mundo tan enorme para ti, tan monstruosamente grande, pero tu eras el más feliz de los animales viendo tan sólo los coches pasar, la gente caminando allá abajo, en lo inalcanzable. Jamás olvidaré esa carita la primera vez que viste llover desde esa misma terraza. Te quedaste tan quieto... tan asombrado a juzgar por cómo observabas el agua caer. Y el día en que una mosca enorme decidió posarse a tu lado, cómo la mirabas, inmóvil pese a tu curiosidad. Y yo de mientras te observaba, porque yo también era feliz tan sólo con observarte, con curiosear cómo vivías, a través de tus inteligentes ojos de ardilla, todas las limitadas experiencias que pude ofrecerte.
Cómo llegamos a hacernos amigos, los bocaditos en la mano cuando te daba fruta, o cereales, o yogur! me mirabas con ese descaro del que sabe que tiene la sartén por el mango, porque me tenías a tu merced, amiguito, porque con una sola de tus piruetas hacías que riese, y tú venías y me sonsacabas tu premio.
Y hoy sin más te has ido. Sin despedirte de mí, porque yo estaba fuera, y no pensé que mi pequeño Peter podía necesitarme. Me arrepiento tanto. Tanto.
No soy capaz de expresar toda la pérdida y el dolor que me causa tu muerte. Siempre hablaré de ti como hasta ahora he hecho, mi pequeño Peter, la más lista de las ardillas.
Si supieras, Pete, todo lo que estoy llorando mientras te escribo ésto... cómo te echaré de menos... cómo te añoro ya...